Viernes, 15 Diciembre 2017

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Foto Pastora Ceci editada

Nuevo tiempo de gloria y bendición…

Rvda. Carmen C. Adames Vázquez, Pastora General

“El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia. Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.” Daniel 3:1, 4-6 VRV60

Nuestra fe se enfrenta a diferentes poderes que tratan de destruirla (económico, político, cultural, científico, etc.) En este pasaje es el gubernamental. El rey Nabucodonosor, henchido de poder, se erige una estatua y ordena a toda la gente a adorarla. Con esa autoridad quería gobernar sobre la conciencia humana. Tres judíos, amigos de Daniel, se negaron a cumplir la orden, lo cual implicaba echarlos en el horno de fuego ardiendo. Allí llegaron porque el poder que trató de poner a prueba su fe quedó derrotado.

Cualquiera de nosotros puede ser lanzado al horno de fuego, cuando algunas pruebas llegan a nuestra vida de manera inesperada, sorpresiva y nuestras emociones son alteradas y estremecidas. Todo el orden normal de la vida es trastocado, nuestros planes se desvanecen y el futuro se torna incierto.

Job conoció el momento de la tribulación cuando un día comenzaron a llegar malas noticias y él perdió todo. También le alcanzó la enfermedad. La reacción inicial de Job es de admirarse porque él “no pecó contra Dios diciendo algo malo”, Job 1:22. Situaciones similares nos pueden llevar a coraje, resentimiento, temor, desesperación, ansiedad, angustia, interrogantes, incertidumbre, etc.

Sin embargo, ¿qué les pasó a los amigos de Daniel? Les calentaron el horno siete veces más de lo acostumbrado. Tan caliente estaba, que quienes les lanzaron murieron. Estos muchachos sabían para dónde iban. Esta experiencia de estos jóvenes nos exhorta a reflexionar, ya que uno debe reconocer cuando está en el horno de la prueba. Es tiempo para confiar en el Señor, esperar en Él, guardar silencio, entender que nuestra fe se está probando y que al final saldremos más refinados. Cualquier acción o decisión debe posponerse porque en la prueba Dios quiere trabajar con nosotros.

Dentro del horno está el Señor. Nabucodonosor trató de llevar a estos jóvenes a dudar de la presencia de Dios; “¿y qué Dios será aquel que os libere de mi mano? Ellos le contestaron: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo, y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a otros dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que ha levantado”, Daniel 3:15-17

Estas expresiones son ejemplo de confianza y seguridad en Dios. Los jóvenes muestran convicciones en sus creencias en su Señor y madurez espiritual. Ellos no se avergonzaron de declarar su fe y de esperar en la ayuda de Dios.

El acompañamiento de Dios no se hizo esperar porque en el horno, además de los amigos de Daniel, había un varón que se concluye era Cristo. Su presencia fue suficiente para que no sufrieran daño y cuando estos jóvenes salieron del horno, su fe estaba más fortalecida y madura.

Nunca quisiéramos entrar al horno de la prueba y mucho menos si se calienta siete veces más de lo acostumbrado. Sin embargo, a veces, Dios mismo nos lanza con el fin de pulir nuestra fe y llevarnos a alturas espirituales inimaginables. En ese horno hay que mantenerse quieto, Dios es el que nos librará y nos sacará. El sol saldrá, todo se verá diferente. Cuando todo haya terminado, vendrá un nuevo tiempo de gloria y bendición.